¡Veciños, veciños, roubaron o Corpo Santo!

Mi paisano Gonzalo Torrente Ballester nació en Ferrol en 1910. Estudió en las universidades de Oviedo y Santiago de Compostela y después de vivir en varias ciudades españolas y un tiempo en Albany en Estados Unidos, como profesor distinguido en esa universidad, se asentó definitivamente en Salamanca donde falleció en 1999.

Fue profesor de universidad y catedrático de instituto y publicó novelas, ensayos, obras de teatro e innumerables artículos en periódicos. Los críticos apuntan a La saga/fuga de J. B. como su mejor novela y después de leerla nada menos que José Saramago escribió: “Hasta ahora había una silla vacía a la derecha de Cervantes que acaba de ser ocupada por Gonzalo Torrente Ballester”.

Si os decidís a leerla , entraréis en el mundo cuasi mágico de Castroforte del Baralla, una ciudad que levita, con dos ríos, en uno de los cuales las lampreas atraen a los suicidas para después devorarlos, en la que pululan un montón de personajes a veces alucinantes del presente y el pasado como los J.B., Don Torcuato del Río y su Homenaje Tubular, los tertulianos de la Tabla Redonda, el centenario loro de Don Perfecto o las damas del Palanganato.

La novela se publicó en 1972 y creo que sería interesante señalar lo que en una primera confrontación con la censura franquista el diligente y anónimo censor dejó escrito:

  “De todos los disparates que el lector que suscribe ha leído en este mundo, éste es el peor. Totalmente imposible de entender, la acción pasa en un pueblo imaginario, Castroforte del Baralla, donde hay lampreas, un cuerpo Santo que apareció en el agua, y una serie de locos que dicen muchos disparates. De cuando en cuando, alguna cosa sexual, casi siempre tan disparatada como el resto, y alguna palabrota para seguir la actual corriente literaria. Este libro no merece ni la denegación ni la aprobación. La denegación no encontraría justificación y la aprobación sería demasiado honor para tanto cretinismo e insensatez. Se propone se aplique el silencio administrativo”.

He, aquí, su comienzo:

¡ Veciños, veciños, roubaron o Corpo Santo!

En la mañana de niebla, casi al alba, las voces estremecen el aire como trompetas. Toca todavía la campana a la primera misa; pero su sonido es tenue, precavido, como para entrar de puntillas en las alcobas oscuras, un sonido al que se da la espalda, que se esquiva o acalla metiendo la cabeza bajo las sábanas. “Pepiño, levántate, que ya son las seis y media”. Un sonido que sería impertinente si no fuera habitual; que sería íntimamente detestado si no actuara de despertador, a esa hora en la que los trabjan tienen que despertarse.

¡Veciños, vecinos, roubaron o Corpo Santo!

Aquella señora enlutada, que se llama la tía Benita dos Carallos por los muchos que mete en la conversación, quizá para garantizar la veracidad de sus afirmaciones, y tiene una tienda de abacería en la calle del Rostro Mugriento; aquella mujer arrugada que, además del luto, muestra las canas del cabello, pega voces allá en lo alto de la escalinata, voces tremendas, voces desgarradas, voces despepitadas, en el mismo momento en que la niebla se esclarece un poquito porque el sol acaba de salir y le presta algo de su luminosidad, en el momento en que la niebla allá abajo, en la Ciudad Nueva, se hace más espesa y gris por la parte del Mendo, más ocre y húmeda por la parte del Baralla: lento el uno, rápido y alborotado el otro; de aguas densas el Mendo, de aguas opacas las del Baralla, trasparentes, ligeras, que se cuentas las guijas relucientes de su lecho. El Mendo es atractivo y siniestro: invita a mirarse en el como en un espejo, y hay que apartarse de prisa, porque en los adentros del que se mira nace en seguida un deseo incoercible de aniquilamiento. El Baralla invita, en cambio a la aventura, a la evasión, al viaje: no descanso sino camino ofrece; no tumba sino vehículo. Los cuatros J. B. de que se guarda memoria, por él marcharon hacia el mar, si bien algunos aseguran que se cayeron al Mendo y fueron devorados por las lampreas.

                                                                                                       Nely Seoane