En un agujero en el suelo, vivía un hobbit….

El leer simplemente estas nueve palabras me intrigó de una manera espectacular. Todo comenzó una noche, la ansiada Noche de Reyes. Llevaba un año esperando a que llegara esa noche para poder conseguir el nuevo libro de Geronimo Stilton y debajo de mi cama había un paquetito cuadrado que tenía toda la pinta de ser mi ansiado libro. Rápidamente rasgué el envoltorio y me llevé una gran desilusión. No era mi libro. Para cualquier niño o niña de diez años tener un regalo por Reyes es genial, pero no es tan genial si no es lo que habías pedido. Bueno, me encontré un libro de cubiertas negras, en unas grandes letras doradas ponía el título “El hobbit”. ¿Que era un hobbit? ¿Dónde estaba mi libro de Geronimo Stilton? Estaba muy triste, ¿me había portado mal ese año? Por suerte mi abuelita llamó a casa y me dijo que habían dejado allí el libro que yo había pedido. El libro de “El hobbit” quedó relegado a un segundo plano hasta que me olvidé de él.

Unos años después, coincidiendo también con las fiestas de navidad, me aburría mucho porque no tenía nada que leer. Rebuscando en mi biblioteca volví a encontrar el mismo libro, pero esta vez lo miré con otros ojos. ¡Me habían hablado tanto de él! Había olvidado que lo tenía en mi casa. En el salón mis padres habían hecho chocolate y estaban viendo una de las típicas pelis que ponen en Telecinco por navidad. Corrí y me eché una taza de chocolate, saqué el libro de la estantería y de metí en la cama. Abrí el libro por la primera página y las palabras que encontré me cautivaron:

En un agujero en el suelo, vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en que sentarse o que comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad.

Tenía una puerta redonda, perfecta como un ojo de buey, pintada de verde, con una manilla de bronce dorada y brillante, justo en el medio. La puerta se abría a un vestíbulo cilíndrico, como un túnel: un túnel muy cómodo, sin humos, con paredes revestidas de madera y suelos enlosados y alfombrados, provisto de sillas barnizadas, y montones y montones de perchas para sombreros y abrigos; el hobbit era aficionado a las visitas. El túnel se extendía serpeando, y penetraba bastante, pero no directamente, en la ladera de la colina —La Colina, como la llamaba toda la gente de muchas millas alrededor—, y muchas puertecitas redondas se abrían en él, primero a un lado y luego al otro. Nada de subir escaleras para el hobbit: dormitorios, cuartos de baño, bodegas, despensas (muchas), armarios (habitaciones enteras dedicadas a ropa), cocinas y comedores, se encontraban en la misma planta, y en verdad en el mismo pasillo. Las mejores habitaciones estaban todas a la izquierda de la puerta principal, pues eran las únicas que tenían ventanas, ventanas redondas, profundamente excavadas, que miraban al jardín y los prados de más allá, camino del río. Este hobbit era un hobbit acomodado, y se apellidaba Bolsón. Los Bolsón habían vivido en las cercanías de La Colina desde hacía muchísimo tiempo, y la gente los consideraba muy respetables, no sólo porque casi todos eran ricos, sino también porque nunca tenían ninguna aventura ni hacían algo inesperado: uno podía saber lo que diría un Bolsón acerca de cualquier asunto sin necesidad de preguntárselo.

Esta es la historia de cómo un Bolsón tuvo una aventura, y se encontró a sí mismo haciendo y diciendo cosas por completo inesperadas. Podría haber perdido el respeto de los vecinos, pero ganó… Bueno, ya veréis si al final ganó algo.

Recuerdo que me quedé maravillada, era un comienzo de novela magnifico. Pensé esto promete y seguí leyendo en busca de una historia que me cautivara. Pasaron las horas y poco a poco iba consumiendo las páginas de mi nuevo amigo, una tras otra. Seguí leyendo hasta que cayó la noche y antes de darme cuenta había llegado hasta el último capítulo del libro y me había acabado el chocolate. Con toda la pena del mundo leí una a una sus páginas y en especial me gustó una de las últimas escenas, cuando Bilbo vuelve a su casa:

Como todas las cosas llegan a término, aun esta historia, un día divisaron al fin el país donde Bilbo había nacido y crecido, donde conocía las formas de la tierra y los árboles tanto como sus propias manos y pies. Alcanzó a otear la Colina a lo lejos, y de repente se detuvo y dijo:

Los caminos siguen avanzando,
sobre rocas y bajo árboles,
por curvas donde el sol no brilla,
por arroyos que el mar no encuentran, sobre las nieves que el invierno siembra, y entre las flores alegres de junio,
sobre la hierba y sobre la piedra, bajo los montes a la luz de la luna. Los caminos siguen avanzando bajo las nubes, y las estrellas,
pero los pies que han echado a andar
regresan por fin al hogar lejano.
Los ojos que fuegos y espadas han visto, y horrores en salones de piedra,
miran al fin las praderas verdes, colinas y árboles conocidos.

Pocas palabras después cerré el libro y me quedé pensando. Antes no había leído el libro porque me parecía absurdo y aburrido, pero al leerlo años después descubrí un libro maravilloso que aún hoy en día me encanta y que es uno de mis libros favoritos. Antes de acabar esta reseña me gustaría recordar a la gente que no se puede juzgar a los libros por su portada y que siempre hay que darles una segunda oportunidad porque se pueden descubrir grandes joyas.

                                                                         Mª Eugenia Diaz Canón 4º ESO C

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Encuentros literarios: Paco Checa

El próximo 23 de febreroaaeaaqaaaaaaaamaaaaajgfinwy4zwi4lwm0ndctngfimy1hodbmltcxotdhmddkndy2na recibiremos en el IES La Madraza al poeta y antropólogo granadino Francisco Checa Olmos, que nos ofrecerá una conferencia/recital que lleva por título Encuentro con un poeta que un día fue feliz. La actividad se enmarca dentro del programa Encuentros literarios subvencionada por la Subdirección General de Promoción del Libro, la Lectura y las Letras Españolas del Ministerio  de Educación, Cultura y Deportes.

Si os animáis a asistir estoy segura de que no os arrepentiréis. De Paco Checa puedo contaros muchas cosas, pero empezaré por deciros que no es nada aburrido. Yo le conocí en 1985, cuando iba a comenzar el curso en el Instituto Juan López Morillas de Jódar en Jaén. Aquel año habíamos decidido hacer una jornada festiva de acogida para los alumnos que se incorporaban por primera vez al Instituto; queríamos que no tuvieran miedo a las novatadas y hacerles sentir que venían a un lugar agradable donde eran bien recibidos. La plantilla de profesores estaba casi completa, sólo esperábamos al profesor interino de Filosofía, al que, a falta todavía de un nombre, nos referíamos como Sócrates. Precisamente esa tarde, empezada ya la fiesta, nos sorprendió que alguien que aun no conocíamos  improvisaba juegos divertidos en los que muchos se animaban a participar. Supimos entonces que se trataba del nuevo profesor de Filosofía y que se llamaba Paco Checa. Pronto nos dimos cuenta también de lo importante que iba a ser su presencia para todos y de que dejaría una huella imborrable en todos nosotros.

Descubrimos que era una persona con una gran energía, capaz de llevar adelante con profesionalidad sus clases, su preparación de oposiciones, su tesis, y además, no perderse ninguna de las fiestas que por entonces organizábamos y que con él eran siempre mucho más divertidas. También fuimos descubriendo su interés por la antropología y la calidad de sus investigaciones, a la vez que nos sorprendía y emocionaba con algunas de sus poesías. Podría contaros muchas cosas de aquellos maravillosos años, pero creo que es mucho mejor que sepáis algo más de él y de su obra.

Paco Checa nació en Lanteira Granada, en 1960. Estudió la enseñanza primaria en Cehegín (Murcia) (1972-1975) (CP. Pérez Villanueva) y pasó a cursar el Bachillero en el IB. Melchor de Macanaz, en Hellín (Albacete) (1975-1978). Cursó estudios de Filosofía en la Universidad de Granada (1979-1984), finalizándolos con brillantez. Su Tesina versó sobre Summerhil, la escuela libertaria que A. S. Neill creara allá por 1921, en el sur de Inglaterra. Fue este acercamiento a las nuevas corrientes de la Pedagogía más revolucionaria lo que le sirvió para convertirse en un profesor de bachillerato rompedor con la didáctica más tradicional. Ejerció la docencia en varios institutos andaluces, en las provincias de Almería (Vera, Roquetas de Mar), Jaén (Jódar) y Granada (Almuñécar, Motril, Granada). En 1991 alcanzó su plaza en propiedad, en una oposición pública donde consiguió el número uno. Desde 1996 ejerce la docencia en la Universidad de Almería. Es Titular de Universidad, si bien en 2014 fue acreditado por la ANECA para el cuerpo de Catedráticos de Universidad. Previamente había defendido su Tesis Doctoral (1991) en la Universidad de Granada, un estudio de comunidad sobre la comarca del Marquesado del Zenete, donde su ubica Lanteira, su pueblo natal. La monografía Labradores, pastores y mineros en el Marquesado del Zenete (1890-1960) (1995) es parte de su resultado investigador. Checa es autor y coautor de numerosos trabajos sobre fiestas, rituales, costumbres populares y, muy especialmente, sobre el amplio fenómeno de las migraciones. Paco Checa es, además de profesor e investigador, poeta. Hasta el momento ha publicado cuatro poemarios: Rincones deshabitados (Almería, 2007) Estación azul (Almería, 2008) Los hombres lloramos en círculo (Barcelona, 2009) y El mar que no piso (Almería, 2016). Miembro del colectivo “Poetas del Sur-Almería”, ha participado en diversas antologías poéticas y recitales. En su poesía se muestra desde un lirismo íntimo, lleno de imágenes, hasta la etnopoética, entendida como una combinación de la etnografía con la percepción poética de la realidad, fruto de esa dualidad formativa de su autor.

La lista de publicaciones de Paco Checa es enorme, está  claro que el ser humano le interesa y que se le da bien escribir sobre lo que descubre sobre él, pero según dice, últimamente donde se siente más cómodo es en su faceta de poeta. Acaba de terminar una novela Pellizcos en la barriga (aún inédita), sobre su madre, como un homenaje a todas las mujeres sin historia. He aquí uno de sus poemas, en este caso de Rincones deshabitados, obra en la que vuelve su mirada poética hacia esos rincones de la memoria que parecen ya deshabitados pero que él quisiera llenar de nuevo, descosiendo el tiempo. Ahora os dejos con sus palabras.

LA PRIMERA HUIDA

Te fugaste como una ola
y me humilló la soledad.
Desapareciste en dos zancadas
y me amarraste a la desesperación.
¡Cómo pudiste correr tanto!
¿Dónde te escondes
desde que dejaste en la arena
tus huellas delgadas?
Borracho de aventuras,
desde entonces no sé
esquivar amaneceres.
¡Cómo me dolió
acostumbrarme a no olerte,
a no desesperarme en tu espera,
a no cazar mariposas gigantes,
a no cegarte la boca
con besos asilvestrados.
¡Cuánto me dolió tu huida!
¡Cómo seca la lluvia
los corazones heridos!
¡Cómo duelen
las palabras sin eco!
Ahora, solo, ¡no sabes
cómo toda la tierra
se preña con mi sangre!

Todos lloramos lo que perdemos y hemos amado. Las palabras encadenadas en la poesía son como lágrimas que derraman nuestra pena y tal vez la alivian. Al leerlas, sentimos con el poeta, su dolor, o su alegría, su entusiasmo o su melancolía, que al fin y al cabo son también los nuestros. Paco Checa perdió bruscamente a su hermano mayor, José María (Ía). A él le dedicó todo un río de poemas agrupados bajo el título Los hombres lloramos en círculo.

ÍA, HERMANO

En el destino que provocan las ausencias, la tuya me instala en el abismo más profundo. Nunca llegué a imaginármelo, por más que fuera consciente de que esa posibilidad existe.Por eso, este río de poemas que, obligado, excavo entre rocas y galerías,espero que llegue hasta ti y riegue tus entrañas, ahora instaladas en los recovecos del infinito donde, en gris perla, habitas.No estaba en mis planes de poeta escribirlo… ni sufrirlo. Son versos que salen más del corazón y la garganta que de la cabeza y, con ellos, todos te abrazamos, al tiempo que, contigo, también morimos (en la esperanza de que sólo ha sido un sueño y tú nunca quebraste la línea de la eternidad). Por eso recojo el timbre de cuantos te amamos. Se canta lo que se pierde y yo escribo para no morir -del todo-.

En el siguiente poema, además de su propio dolor, el poeta nos transmite el dolor de los otros, en este caso de sus padres:

El llanto de madre, Ía,
brota del corazón de la tierra
y sus lágrimas son el silencio
de todos los caminos.
Su mirada es la guadaña
de todos los hogares
y sus ojos la cuna
donde yace la tristeza
(epidermis de sus días).
A tropezones camina su pena
en sombras desasidas.

¡Si oyeras cómo llora padre
cuando ríe…!
¡Si vieras cómo chilla madre
cuando calla…!
¡Si supieras cómo miramos
tu ausencia…!
¡Las arrugas de la Luna
nos dejaron madrugadas sin tiempo!

Quiero detenerme ya en su última publicación, El mar que no piso, en la que su mirada poética se entrelaza, con intencionadas imágenes pictóricas o fotográficas y con una prosa  que da noticia biográfica de su relación con el mar.

TRILOGÍA DEL MAR QUE QUISO SER …
VERSO, LLANTO Y SUEÑO

Para escribir sobre el mar
no precisas verlo abierto,
azul, en calma, solitario,
oír sus gritos en una tormenta
o aplastado por el sol atardeciendo:
solo papel y lápiz
y una ola donde apoyarte.

***
Mi madre lloraba al ver el mar,
sin saber por qué ni para qué.
Mirando al horizonte
sus lágrimas se fundían con la brisa,
que rezaba por ella.

***
Soñar por soñar sueño
que llegarás un día,
que no te irás.
Si vuelves siendo
el mar que te regalo
serás el sueño que te trajo.

Os presento ahora otros dos poemas de la misma obra, Todos somos castillos de arena y Calles del agua, precedidos  de  sus  referencias biográficas:

Vi el mar por primera vez cuando apenas tenía seis años y medio. Gracias a las colonias que el régimen organizaba para los niños de la España rural. Veinte días de playa. Allí, en una costa de Granada nos asomaron a la orilla. Todos los que íbamos en aquel autobús vimos las olas como quien estrena un traje nuevo sin merecerlo; todos, por vez primera. Desde entonces el mar, y aquel pueblo, han rememorado mi infancia.

Fue también una liberación de mi hogar, aunque a tan temprana edad que el miedo y el llanto me inundaron durante días, a pesar de que estaba con mi hermano mayor.

Cierto, nunca habíamos visto el mar, pero durante el estío acudíamos a nuestros remedios: los ríos –en sus cilancos- y los zambullidos en las frías aguas de las balsas comunales. Cuerpos envueltos en fango. ¿Sabíamos nadar? Eso pensábamos.

Debo ser sincero. De aquella primera vez no recuerdo ni la arena, ni las olas, ni las rocas de la orilla, ni tampoco pasar un barco a lo lejos, ni siquiera guardo en mi memoria el mar, su color azul o el rojizo de un atardecer. No logro revivir chicas en bañador, bikinis atrevidos o unos pechos como imaginaba tenía mi madre. Aún la televisión -que llegó a Lanteira, mi aldea, a primeros de los años setenta- no nos había metido en la cabeza las imágenes de la Costa del Sol plagada de suecas semidesnudas.

 TODOS SOMOS CASTILLOS DE ARENA

A Ía, mi hermano,
que descosió el viento su arena gris.

Todos somos castillos de arena.
Dentro de aquel niño,
en esa mujer que llega,
en este anciano con navaja
hay torres y troneras.
Somos los castillos robados al porvenir
habitando las almenas conquistadas a la vida.
Castillos sin rejas, vidrios sin ventanas,
sin foso, castillos de hiedras.
Por patrimonio una torre murada
y vereda de piedras por zaguán.
En esa juventud, que todo lo disputa,
la vida se contempla desde una tronera
o en una barbacana nocturna
alcanzando el regocijo de la deslealtad.
Por el Loira viajamos
como quien maneja un auto sin miradas:
un joven, dueño del destino,
todo a su alrededor le pertenece.
Cargado de mochila deshilachada
los recuerdos le quedan
en un tiempo aún por devenir.
Vejez en lontananza, ahora ausente.
Así reza el eslogan del divino tesoro.
Hasta que a ese castillo de arena
una ola traicionera alcanza
y lo devuelve al hueco más profundo de la tierra,
que es la inexistencia.
Entonces no restará nada de aquellos años.
En un suspiro te peinas en el rompeolas,
y tu tren se aproxima a un cambio de agujas.
Ahora, desde una tumbona playera
y gafas en la punta de la nariz,
cualquier atardecer
te trae aquella infancia
y se refleja en ese castillo de arena
que afana a tres obrerillos.
En sepia sonríes por el que hiciste
tu primer día de playa
(que tu padre retrató).
Seis años, seis,
para un castillo de seda que descosió el Viento.
Sin planos ni arquitecto, la ilusión de la vida
concentrada toda en un montículo de arena,
a la hora que más arde.
Embebidos los chiquillos
aporcan arena para las torres:
para defenderlas un foso descomunal.
Se te ocurre aconsejarles
humedecerla para que compacte:
te miran indulgentes… y te ignoran.
Continúan cubo a cubo,
pala a pala forjando sus sueños.
¡Qué sabrá un viejo de castillos de arena!

Ya ves, lector, no soy hombre de mar, pero aquí yace el misterio: algo en mi interior me exige volver a él, requerirlo cuando me alejo por algún tiempo. No alcanzo a explicar las razones. Quizá porque no me atrae como lugar de baño o de descanso veraniego, sino como la magia del horizonte que no tiene un fin conocido, porque sin esquinas me permite soñar, huirme, remitirme al ser frágil y soñador que llevo dentro, y porque sus olas sé que pueden transportarme donde deseo. Por eso lo necesito cerca, más que él a mí.

¿Por qué entonces este libro? Porque en las últimas décadas el mar se ha acostumbrado a mis ojos. Lo he estudiado desde la ventanilla de mi coche a diario y lo he paseado con mis pies descalzos, casi secos. Estaba en mi interior y no lo percibía, pero hoy se ha convertido en un estado de ánimo, un violín con cuerdas desafinadas que toca mil notas diferentes y a veces ha sonado una canción.

Pero también hay un mar de muertos. Lo he sentido desde las tumbas milenarias del Hafa, el mirador más espectacular que tiene el Estrecho de Gibraltar. Esa calle del agua se ha convertido en una metáfora de la inmigración clandestina hacia el Dorado europeo. Un joven africano debe estar muy loco para no soñar con cruzar –a nado si hiciera falta- esos 14 kms: ¡son tan escasos! (¡y tan abismales…!).

El mar como remedio y, en su oleaje, la sepultura de ilusiones y esperanzas: pleno está de cadáveres inocentes.

Es el mismo mar, la misma calle, las mismas aguas que nos dan sustento, relax y disfrute, las mismas espumas que destilan llantos y risas, juegos y muerte, las mismas rocas desde donde alguien se sube para ganarse una fotografía. Un laberinto de gemidos líricos o épicos, un espacio que cambia de color y un infinito próximo, camino de transatlánticos y pateras.

Así quedó solo, mi corazón y el mar, como dijera el poeta. Allá, en la soledad de la propia muerte, el mar no es ni la meta ni el camino, sino el viaje de una a otra orilla, de un puerto a otro, de una sonrisa amable a otra congelada.

En la sensibilidad ribereña, yo: frente a un mar que no piso.

 CALLES DEL AGUA

  Yo nací en la calle del agua
-seca de sal_
pequeña acequia descubierta;
polvo y barro de mi calle
siempre mojada.
En ella jugué mientras tuve años,
sueños y piedras;
aprendí a distinguir
una pelota de trapo de un tejo
el burro de un brinco
la liga de un pañuelo.
En la calle del agua
-de mar seca¬
mientras jugábamos
mi padre salía con las bestias,
las mujeres blanqueaban fachadas,
iban las mozuelas con cántaros
y, de encajes, las novias hacia el altar.
Mi calle nos fijaba la vida
en las horas del reloj de la plaza,
en este pueblo sin tiempo
de puertas siempre abiertas.
Éramos niños sin edad
corriendo entre lo sucio y el hambre;
pantalones cortos, viejos chalecos,
las cabras pasando… nada.
Hacia Chaouen y Tetouan
crucé otra calle del agua.
Salobre y más húmeda,
más profunda, más negra y más amplia,
en azul de miedos,
con olas de verde y plata.
De un lado y otro
las casas lejos, cerradas.
No vi botar un balón
ni a nadie tras las cabras.
¿Y qué es una calle sin niños,
sin voces ni pelotas,
ni bestias ni algaradas?
Nada:
un desierto de pájaros cojos,
una molineta sin lona ni pestañas.
¡Qué bonita es esta calle!
y triste parece.
Nadie juega en una calle vigilada,
maldita en el silencio de quienes pasan.
Es una calle de muerte:
engulle la ilusión de hombres que trabajan,
roba sueños a los niños que jugaban.
Yo quisiera volverlos a mi calle,
a la calle del agua,
para bañarnos en su acequia
y correr tras las muchachas,
para saltar al burro
y blanquear fachadas de esperanza.
Pero no los dejan,
está día y noche custodiada;
y cuando lo intentan
un barco de cristal les roba el reloj de la plaza.

Y termino con una nana marinera que el poeta dedica a su hija Clara Isabel que espero que os guste:

NANA MARINERA
A mi Clarita I.,
para que en un tablao de agua lo baile según arte.

Duérmete mi niña, duerme,
mañana verás el mar,
que yo te llevaré cogida
a una esquila de cristal.
Su madre le canta y canta
bajo sábanas azul mar,
de almohada verdes algas,
el colchón marea de sal.
Que descanse mi niña
sobre la espuma del mar,
que los ángeles traigan
nubes, silencio y paz.
La niña cierra sus ojos
pensando son los remos
por los que navega lejos
en un barquito de hinojos.
La niña ya se ha dormido
sobre un islote de arena,
y un pirata arrepentido
la envuelve en su bandera.
¡Ay!, ya duerme mi niña,
yo le he regalado el mar
y en la playa, con mi mente,
peces papel celofán.
Paco Checa
(De El mar que no piso)

(María de los Ángeles Marín Fernández  y Francisco Checa y Olmos)