Anna Karenina by Leon Tolstoy

Anna Karenina is a novel by the Russian writer Leo Tolstoy, published in serial installments from 1873 to 1877 in the periodical The Russian Messenger. Tolstoy clashed with the editor over political issues that arose in the final installment; therefore, the novel’s first complete appearance was in book form in 1878. Widely regarded as a pinnacle in realist fiction, Tolstoy considered Anna Karenina his first true novel, after he came to consider War and Peace to be more than a novel.

The book is not very plot-heavy, but rather follows in minute detail, the lives and relationships of several people. Both stories occur simultaneously, but for simplicity’s sake, I will summarize each one separately.

The first, and title, relationship is between Anna and Vronsky. Anna Karenina, a beautiful, seductive young woman is married to a cold, distant older man named Karenin. While visiting her sister-in-law, Dolly, she meets the young, handsome Vronsky ( who is supposed to be courting Dolly’s sister Kitty). Anna and Vronsky fall in love and begin an affair. Eventually Anna becomes pregnant with Vronsky’s baby. She leaves Karenin and Vronsky leaves his military career, and the two go abroad. The rest of the story chronicles their relationship: the difficulties of being social outcasts both while living abroad and in Russia; Anna’s desire to get a divorce which her husband refuses to grant; the jealousies and suspicions that build up in Anna’s mind; her dissolve into hopelessness and finally, her suicide.

The other relationship followed is that of Kitty and Levin. Levin, a mid-thirties landowner and farmer, has been, for years, searching for the meaning of life. He has also been desperately in love with Kitty, a tender sweet young thing. Levin was courting her, when Vronsky stepped in. Levin retreats, then comes back to try again. He asks Kitty to marry him, she says no. Levin returns to his farm and immerses himself in his work. Meanwhile, Kitty has realized that Vronsky has no intention of marrying her. When he goes off with Anna, Kitty falls into despair and illness and has to be taken abroad. Finally, Levin and Kitty get it together and get married. Kitty moves to Levin’s farm, and the two of them adjust to married life. Kitty helps him through the difficult death of his brother, and he helps her through the difficult birth of their child. Levin is disconcerted because the work that was once so important to him, no longer matters as much, and he is also prone to fits of jealousy over his young bride. In the end, they find happiness and Levin discovers a new religious faith which gives him the meaning of life he was searching for, and the ability to enjoy all that he has.

Both stories’ ends explain the famous novel begin:

 “HAPPY families are all alike; every unhappy family is unhappy in its own way.

Everything was in confusion in the Oblonskys’ house. The wife had discovered that the husband was carrying on an intrigue with a French girl, who had been a governess in their family, and she had announced to her husband that she could not go on living in the same house with him.

This position of affairs had now lasted three days, and not only the husband and wife themselves, but all the members of their family and household, were painfully conscious of it. Every person in the house felt that there was no sense in their living together, and that the stray people brought together by chance in any inn had more in common with one another than they, the members of the family and household of the Oblonskys. The wife did not leave her own room, the husband had not been at home for three days.

The children ran wild all over the house; the English governess quarrelled with the housekeeper, and wrote to a friend asking her to look out for a new situation for her; the man cook had walked off the day before just at dinner-time; the kitchen-maid, and the coachman had given warning.”

Natalia Ruiz Montosa.

En un agujero en el suelo, vivía un hobbit….

El leer simplemente estas nueve palabras me intrigó de una manera espectacular. Todo comenzó una noche, la ansiada Noche de Reyes. Llevaba un año esperando a que llegara esa noche para poder conseguir el nuevo libro de Geronimo Stilton y debajo de mi cama había un paquetito cuadrado que tenía toda la pinta de ser mi ansiado libro. Rápidamente rasgué el envoltorio y me llevé una gran desilusión. No era mi libro. Para cualquier niño o niña de diez años tener un regalo por Reyes es genial, pero no es tan genial si no es lo que habías pedido. Bueno, me encontré un libro de cubiertas negras, en unas grandes letras doradas ponía el título “El hobbit”. ¿Que era un hobbit? ¿Dónde estaba mi libro de Geronimo Stilton? Estaba muy triste, ¿me había portado mal ese año? Por suerte mi abuelita llamó a casa y me dijo que habían dejado allí el libro que yo había pedido. El libro de “El hobbit” quedó relegado a un segundo plano hasta que me olvidé de él.

Unos años después, coincidiendo también con las fiestas de navidad, me aburría mucho porque no tenía nada que leer. Rebuscando en mi biblioteca volví a encontrar el mismo libro, pero esta vez lo miré con otros ojos. ¡Me habían hablado tanto de él! Había olvidado que lo tenía en mi casa. En el salón mis padres habían hecho chocolate y estaban viendo una de las típicas pelis que ponen en Telecinco por navidad. Corrí y me eché una taza de chocolate, saqué el libro de la estantería y de metí en la cama. Abrí el libro por la primera página y las palabras que encontré me cautivaron:

En un agujero en el suelo, vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en que sentarse o que comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad.

Tenía una puerta redonda, perfecta como un ojo de buey, pintada de verde, con una manilla de bronce dorada y brillante, justo en el medio. La puerta se abría a un vestíbulo cilíndrico, como un túnel: un túnel muy cómodo, sin humos, con paredes revestidas de madera y suelos enlosados y alfombrados, provisto de sillas barnizadas, y montones y montones de perchas para sombreros y abrigos; el hobbit era aficionado a las visitas. El túnel se extendía serpeando, y penetraba bastante, pero no directamente, en la ladera de la colina —La Colina, como la llamaba toda la gente de muchas millas alrededor—, y muchas puertecitas redondas se abrían en él, primero a un lado y luego al otro. Nada de subir escaleras para el hobbit: dormitorios, cuartos de baño, bodegas, despensas (muchas), armarios (habitaciones enteras dedicadas a ropa), cocinas y comedores, se encontraban en la misma planta, y en verdad en el mismo pasillo. Las mejores habitaciones estaban todas a la izquierda de la puerta principal, pues eran las únicas que tenían ventanas, ventanas redondas, profundamente excavadas, que miraban al jardín y los prados de más allá, camino del río. Este hobbit era un hobbit acomodado, y se apellidaba Bolsón. Los Bolsón habían vivido en las cercanías de La Colina desde hacía muchísimo tiempo, y la gente los consideraba muy respetables, no sólo porque casi todos eran ricos, sino también porque nunca tenían ninguna aventura ni hacían algo inesperado: uno podía saber lo que diría un Bolsón acerca de cualquier asunto sin necesidad de preguntárselo.

Esta es la historia de cómo un Bolsón tuvo una aventura, y se encontró a sí mismo haciendo y diciendo cosas por completo inesperadas. Podría haber perdido el respeto de los vecinos, pero ganó… Bueno, ya veréis si al final ganó algo.

Recuerdo que me quedé maravillada, era un comienzo de novela magnifico. Pensé esto promete y seguí leyendo en busca de una historia que me cautivara. Pasaron las horas y poco a poco iba consumiendo las páginas de mi nuevo amigo, una tras otra. Seguí leyendo hasta que cayó la noche y antes de darme cuenta había llegado hasta el último capítulo del libro y me había acabado el chocolate. Con toda la pena del mundo leí una a una sus páginas y en especial me gustó una de las últimas escenas, cuando Bilbo vuelve a su casa:

Como todas las cosas llegan a término, aun esta historia, un día divisaron al fin el país donde Bilbo había nacido y crecido, donde conocía las formas de la tierra y los árboles tanto como sus propias manos y pies. Alcanzó a otear la Colina a lo lejos, y de repente se detuvo y dijo:

Los caminos siguen avanzando,
sobre rocas y bajo árboles,
por curvas donde el sol no brilla,
por arroyos que el mar no encuentran, sobre las nieves que el invierno siembra, y entre las flores alegres de junio,
sobre la hierba y sobre la piedra, bajo los montes a la luz de la luna. Los caminos siguen avanzando bajo las nubes, y las estrellas,
pero los pies que han echado a andar
regresan por fin al hogar lejano.
Los ojos que fuegos y espadas han visto, y horrores en salones de piedra,
miran al fin las praderas verdes, colinas y árboles conocidos.

Pocas palabras después cerré el libro y me quedé pensando. Antes no había leído el libro porque me parecía absurdo y aburrido, pero al leerlo años después descubrí un libro maravilloso que aún hoy en día me encanta y que es uno de mis libros favoritos. Antes de acabar esta reseña me gustaría recordar a la gente que no se puede juzgar a los libros por su portada y que siempre hay que darles una segunda oportunidad porque se pueden descubrir grandes joyas.

                                                                         Mª Eugenia Diaz Canón 4º ESO C

¡Veciños, veciños, roubaron o Corpo Santo!

Mi paisano Gonzalo Torrente Ballester nació en Ferrol en 1910. Estudió en las universidades de Oviedo y Santiago de Compostela y después de vivir en varias ciudades españolas y un tiempo en Albany en Estados Unidos, como profesor distinguido en esa universidad, se asentó definitivamente en Salamanca donde falleció en 1999.

Fue profesor de universidad y catedrático de instituto y publicó novelas, ensayos, obras de teatro e innumerables artículos en periódicos. Los críticos apuntan a La saga/fuga de J. B. como su mejor novela y después de leerla nada menos que José Saramago escribió: “Hasta ahora había una silla vacía a la derecha de Cervantes que acaba de ser ocupada por Gonzalo Torrente Ballester”.

Si os decidís a leerla , entraréis en el mundo cuasi mágico de Castroforte del Baralla, una ciudad que levita, con dos ríos, en uno de los cuales las lampreas atraen a los suicidas para después devorarlos, en la que pululan un montón de personajes a veces alucinantes del presente y el pasado como los J.B., Don Torcuato del Río y su Homenaje Tubular, los tertulianos de la Tabla Redonda, el centenario loro de Don Perfecto o las damas del Palanganato.

La novela se publicó en 1972 y creo que sería interesante señalar lo que en una primera confrontación con la censura franquista el diligente y anónimo censor dejó escrito:

  “De todos los disparates que el lector que suscribe ha leído en este mundo, éste es el peor. Totalmente imposible de entender, la acción pasa en un pueblo imaginario, Castroforte del Baralla, donde hay lampreas, un cuerpo Santo que apareció en el agua, y una serie de locos que dicen muchos disparates. De cuando en cuando, alguna cosa sexual, casi siempre tan disparatada como el resto, y alguna palabrota para seguir la actual corriente literaria. Este libro no merece ni la denegación ni la aprobación. La denegación no encontraría justificación y la aprobación sería demasiado honor para tanto cretinismo e insensatez. Se propone se aplique el silencio administrativo”.

He, aquí, su comienzo:

¡ Veciños, veciños, roubaron o Corpo Santo!

En la mañana de niebla, casi al alba, las voces estremecen el aire como trompetas. Toca todavía la campana a la primera misa; pero su sonido es tenue, precavido, como para entrar de puntillas en las alcobas oscuras, un sonido al que se da la espalda, que se esquiva o acalla metiendo la cabeza bajo las sábanas. “Pepiño, levántate, que ya son las seis y media”. Un sonido que sería impertinente si no fuera habitual; que sería íntimamente detestado si no actuara de despertador, a esa hora en la que los trabjan tienen que despertarse.

¡Veciños, vecinos, roubaron o Corpo Santo!

Aquella señora enlutada, que se llama la tía Benita dos Carallos por los muchos que mete en la conversación, quizá para garantizar la veracidad de sus afirmaciones, y tiene una tienda de abacería en la calle del Rostro Mugriento; aquella mujer arrugada que, además del luto, muestra las canas del cabello, pega voces allá en lo alto de la escalinata, voces tremendas, voces desgarradas, voces despepitadas, en el mismo momento en que la niebla se esclarece un poquito porque el sol acaba de salir y le presta algo de su luminosidad, en el momento en que la niebla allá abajo, en la Ciudad Nueva, se hace más espesa y gris por la parte del Mendo, más ocre y húmeda por la parte del Baralla: lento el uno, rápido y alborotado el otro; de aguas densas el Mendo, de aguas opacas las del Baralla, trasparentes, ligeras, que se cuentas las guijas relucientes de su lecho. El Mendo es atractivo y siniestro: invita a mirarse en el como en un espejo, y hay que apartarse de prisa, porque en los adentros del que se mira nace en seguida un deseo incoercible de aniquilamiento. El Baralla invita, en cambio a la aventura, a la evasión, al viaje: no descanso sino camino ofrece; no tumba sino vehículo. Los cuatros J. B. de que se guarda memoria, por él marcharon hacia el mar, si bien algunos aseguran que se cayeron al Mendo y fueron devorados por las lampreas.

                                                                                                       Nely Seoane

Muchos años después….

Había sido despreciado por él, pero, aquella mañana, estaba en sus manos. La literatura se ofrecía cada mañana como una obertura al tiempo de estudio. Despuntaba la luz de la mañana abriéndose paso en el claroscuro con el que había amanecido el día. La lluvia, caída durante la madrugada, había suspendido el trabajo en el campo y ahora, en aquella mañana, el día se ofrecía como una jornada de estudio.

                El libro había sido despreciado porque era muy conocido y el lector, en aquella época, recelaba de los libros populares. Y este, concretamente, no desaparecía de los lugares más visibles de las librerías ni de las conversaciones de los más aplicados compañeros. Sus personajes, su principio y su final, y algunos de sus pasajes se contaban entre los más conocidos de los libros de literatura que aquel entonces se leían. Fue, lo supo después de esa mañana, una torpeza casi imperdonable el haber postergado durante tanto meses la lectura de ese libro que ahora, abierto por su primera página, se disponía a dar un momento de placer antes de entrar en la dura disciplina de la preparación de los exámenes de febrero. También fue una torpeza –esto lo supo años más tarde– el entender que el tiempo de la lectura es un tiempo de placer que ayuda con la carga y el peso de los días. Pero dejemos ahora estas cuestiones y atendamos a las primeras líneas con las que se topó este lector aquella mañana:

    “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.

                Eran las primeras líneas de Cien años de soledad, la novela más importante de Gabriel García Márquez y, posiblemente, una de las más importantes de nuestra literatura contemporánea. Su comienzo era magistral: el recuerdo concreto e inusual de Aureliano Buendía, su situación ante el pelotón de fusilamiento y, sobre todo, esa descripción del lugar maravilloso de Macondo que se hundía en un tiempo mitológico en el que las cosas esperaban su nombre. El lector, aquel lector, no pudo contenerse en los límites del comienzo y, tras la lectura de estas palabras, prosiguió un poco más hasta completar la lectura una página. Pero tampoco pudo contenerse en ese límite artificial de las páginas y de los capítulos que separan las historias. Cada página del libro, abría una nueva y esta se presentaba como una oportunidad para el disfrute de la lectura. El lector olvidó, hay que decirlo, que lo era y durante aquella mañana se quedó completamente encerrado en las páginas de Cien años de soledad: el libro perdió sus contornos, las páginas perdieron su numeración, los párrafos su distancia y los puntos y a parte su separación. Y es que leer, de alguna manera, es olvidarse de que se está leyendo. La experiencia de la lectura es una negación en la fijación de las letras y del texto y una definitiva toma de posesión del lector por parte de la historia.

                Llegó la hora de comer y, por momentos, al tener que salir de la historia al tener que bajar por las escaleras a la cocina, quedaron dormidos los personajes entre las páginas de la novela. Pero sin descanso ni tregua volvió con urgencia para despertarlos con el ademán de pasar en la lectura por las páginas no leídas. Llegó la tarde y llegó la noche, y la lluvia seguía sembrando de notas la narración. Al filo de la media noche, cuando ya todo había quedado en silencio, el lector se dio cuenta de que había confundido su día con los cien años de soledad  de la novela. Y, de este modo, terminó su jornada al mismo tiempo que leía las últimas palabras de Cien años de soledad:

    “Sin embargo, antes de llegar al verso final, ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o  espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres, en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para  siempre, porque las estirpes condenados a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”.

                Poco después, aquel lector contó  a quien esto escribe lo sucedido en aquel día de invierno. Y ahora, muchos años después, lo he recordado frente al desafío que para la escritura reclama siempre una página en blanco. Ha querido ser la primera página pero también una de tantas que dará a conocer nuestra experiencia con la lectura. A partir de esta entrada con la que iniciamos nuestro blog quedan convocados todos cuantos quieran presentarnos alguna de las novelas o de las narraciones que quedaron marcadas en su vida. Para ello bastará hacer una brevísima presentación de los datos de la narración, contar brevemente  la experiencia aneja a su lectura y escribir a continuación su comienzo y/o final o, en su caso, algún pasaje que el lector quisiera compartir con nosotros.

                Desde el área sociolingüística del IES La Madraza invitamos a los lectores para que se unan también a esta iniciativa de ser autores en esta bitácora. Pueden mandar sus propuestas a la siguiente dirección de correo: lenguaysocialeslamadraza@yahoo.com. Esperamos vuestras propuestas, esperamos vuestras lecturas.                                                                                                                   Agustín Palomar