Anna Karenina by Leon Tolstoy

Anna Karenina is a novel by the Russian writer Leo Tolstoy, published in serial installments from 1873 to 1877 in the periodical The Russian Messenger. Tolstoy clashed with the editor over political issues that arose in the final installment; therefore, the novel’s first complete appearance was in book form in 1878. Widely regarded as a pinnacle in realist fiction, Tolstoy considered Anna Karenina his first true novel, after he came to consider War and Peace to be more than a novel.

The book is not very plot-heavy, but rather follows in minute detail, the lives and relationships of several people. Both stories occur simultaneously, but for simplicity’s sake, I will summarize each one separately.

The first, and title, relationship is between Anna and Vronsky. Anna Karenina, a beautiful, seductive young woman is married to a cold, distant older man named Karenin. While visiting her sister-in-law, Dolly, she meets the young, handsome Vronsky ( who is supposed to be courting Dolly’s sister Kitty). Anna and Vronsky fall in love and begin an affair. Eventually Anna becomes pregnant with Vronsky’s baby. She leaves Karenin and Vronsky leaves his military career, and the two go abroad. The rest of the story chronicles their relationship: the difficulties of being social outcasts both while living abroad and in Russia; Anna’s desire to get a divorce which her husband refuses to grant; the jealousies and suspicions that build up in Anna’s mind; her dissolve into hopelessness and finally, her suicide.

The other relationship followed is that of Kitty and Levin. Levin, a mid-thirties landowner and farmer, has been, for years, searching for the meaning of life. He has also been desperately in love with Kitty, a tender sweet young thing. Levin was courting her, when Vronsky stepped in. Levin retreats, then comes back to try again. He asks Kitty to marry him, she says no. Levin returns to his farm and immerses himself in his work. Meanwhile, Kitty has realized that Vronsky has no intention of marrying her. When he goes off with Anna, Kitty falls into despair and illness and has to be taken abroad. Finally, Levin and Kitty get it together and get married. Kitty moves to Levin’s farm, and the two of them adjust to married life. Kitty helps him through the difficult death of his brother, and he helps her through the difficult birth of their child. Levin is disconcerted because the work that was once so important to him, no longer matters as much, and he is also prone to fits of jealousy over his young bride. In the end, they find happiness and Levin discovers a new religious faith which gives him the meaning of life he was searching for, and the ability to enjoy all that he has.

Both stories’ ends explain the famous novel begin:

 “HAPPY families are all alike; every unhappy family is unhappy in its own way.

Everything was in confusion in the Oblonskys’ house. The wife had discovered that the husband was carrying on an intrigue with a French girl, who had been a governess in their family, and she had announced to her husband that she could not go on living in the same house with him.

This position of affairs had now lasted three days, and not only the husband and wife themselves, but all the members of their family and household, were painfully conscious of it. Every person in the house felt that there was no sense in their living together, and that the stray people brought together by chance in any inn had more in common with one another than they, the members of the family and household of the Oblonskys. The wife did not leave her own room, the husband had not been at home for three days.

The children ran wild all over the house; the English governess quarrelled with the housekeeper, and wrote to a friend asking her to look out for a new situation for her; the man cook had walked off the day before just at dinner-time; the kitchen-maid, and the coachman had given warning.”

Natalia Ruiz Montosa.

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En un agujero en el suelo, vivía un hobbit….

El leer simplemente estas nueve palabras me intrigó de una manera espectacular. Todo comenzó una noche, la ansiada Noche de Reyes. Llevaba un año esperando a que llegara esa noche para poder conseguir el nuevo libro de Geronimo Stilton y debajo de mi cama había un paquetito cuadrado que tenía toda la pinta de ser mi ansiado libro. Rápidamente rasgué el envoltorio y me llevé una gran desilusión. No era mi libro. Para cualquier niño o niña de diez años tener un regalo por Reyes es genial, pero no es tan genial si no es lo que habías pedido. Bueno, me encontré un libro de cubiertas negras, en unas grandes letras doradas ponía el título “El hobbit”. ¿Que era un hobbit? ¿Dónde estaba mi libro de Geronimo Stilton? Estaba muy triste, ¿me había portado mal ese año? Por suerte mi abuelita llamó a casa y me dijo que habían dejado allí el libro que yo había pedido. El libro de “El hobbit” quedó relegado a un segundo plano hasta que me olvidé de él.

Unos años después, coincidiendo también con las fiestas de navidad, me aburría mucho porque no tenía nada que leer. Rebuscando en mi biblioteca volví a encontrar el mismo libro, pero esta vez lo miré con otros ojos. ¡Me habían hablado tanto de él! Había olvidado que lo tenía en mi casa. En el salón mis padres habían hecho chocolate y estaban viendo una de las típicas pelis que ponen en Telecinco por navidad. Corrí y me eché una taza de chocolate, saqué el libro de la estantería y de metí en la cama. Abrí el libro por la primera página y las palabras que encontré me cautivaron:

En un agujero en el suelo, vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en que sentarse o que comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad.

Tenía una puerta redonda, perfecta como un ojo de buey, pintada de verde, con una manilla de bronce dorada y brillante, justo en el medio. La puerta se abría a un vestíbulo cilíndrico, como un túnel: un túnel muy cómodo, sin humos, con paredes revestidas de madera y suelos enlosados y alfombrados, provisto de sillas barnizadas, y montones y montones de perchas para sombreros y abrigos; el hobbit era aficionado a las visitas. El túnel se extendía serpeando, y penetraba bastante, pero no directamente, en la ladera de la colina —La Colina, como la llamaba toda la gente de muchas millas alrededor—, y muchas puertecitas redondas se abrían en él, primero a un lado y luego al otro. Nada de subir escaleras para el hobbit: dormitorios, cuartos de baño, bodegas, despensas (muchas), armarios (habitaciones enteras dedicadas a ropa), cocinas y comedores, se encontraban en la misma planta, y en verdad en el mismo pasillo. Las mejores habitaciones estaban todas a la izquierda de la puerta principal, pues eran las únicas que tenían ventanas, ventanas redondas, profundamente excavadas, que miraban al jardín y los prados de más allá, camino del río. Este hobbit era un hobbit acomodado, y se apellidaba Bolsón. Los Bolsón habían vivido en las cercanías de La Colina desde hacía muchísimo tiempo, y la gente los consideraba muy respetables, no sólo porque casi todos eran ricos, sino también porque nunca tenían ninguna aventura ni hacían algo inesperado: uno podía saber lo que diría un Bolsón acerca de cualquier asunto sin necesidad de preguntárselo.

Esta es la historia de cómo un Bolsón tuvo una aventura, y se encontró a sí mismo haciendo y diciendo cosas por completo inesperadas. Podría haber perdido el respeto de los vecinos, pero ganó… Bueno, ya veréis si al final ganó algo.

Recuerdo que me quedé maravillada, era un comienzo de novela magnifico. Pensé esto promete y seguí leyendo en busca de una historia que me cautivara. Pasaron las horas y poco a poco iba consumiendo las páginas de mi nuevo amigo, una tras otra. Seguí leyendo hasta que cayó la noche y antes de darme cuenta había llegado hasta el último capítulo del libro y me había acabado el chocolate. Con toda la pena del mundo leí una a una sus páginas y en especial me gustó una de las últimas escenas, cuando Bilbo vuelve a su casa:

Como todas las cosas llegan a término, aun esta historia, un día divisaron al fin el país donde Bilbo había nacido y crecido, donde conocía las formas de la tierra y los árboles tanto como sus propias manos y pies. Alcanzó a otear la Colina a lo lejos, y de repente se detuvo y dijo:

Los caminos siguen avanzando,
sobre rocas y bajo árboles,
por curvas donde el sol no brilla,
por arroyos que el mar no encuentran, sobre las nieves que el invierno siembra, y entre las flores alegres de junio,
sobre la hierba y sobre la piedra, bajo los montes a la luz de la luna. Los caminos siguen avanzando bajo las nubes, y las estrellas,
pero los pies que han echado a andar
regresan por fin al hogar lejano.
Los ojos que fuegos y espadas han visto, y horrores en salones de piedra,
miran al fin las praderas verdes, colinas y árboles conocidos.

Pocas palabras después cerré el libro y me quedé pensando. Antes no había leído el libro porque me parecía absurdo y aburrido, pero al leerlo años después descubrí un libro maravilloso que aún hoy en día me encanta y que es uno de mis libros favoritos. Antes de acabar esta reseña me gustaría recordar a la gente que no se puede juzgar a los libros por su portada y que siempre hay que darles una segunda oportunidad porque se pueden descubrir grandes joyas.

                                                                         Mª Eugenia Diaz Canón 4º ESO C

Encuentros literarios: Paco Checa

El próximo 23 de febreroaaeaaqaaaaaaaamaaaaajgfinwy4zwi4lwm0ndctngfimy1hodbmltcxotdhmddkndy2na recibiremos en el IES La Madraza al poeta y antropólogo granadino Francisco Checa Olmos, que nos ofrecerá una conferencia/recital que lleva por título Encuentro con un poeta que un día fue feliz. La actividad se enmarca dentro del programa Encuentros literarios subvencionada por la Subdirección General de Promoción del Libro, la Lectura y las Letras Españolas del Ministerio  de Educación, Cultura y Deportes.

Si os animáis a asistir estoy segura de que no os arrepentiréis. De Paco Checa puedo contaros muchas cosas, pero empezaré por deciros que no es nada aburrido. Yo le conocí en 1985, cuando iba a comenzar el curso en el Instituto Juan López Morillas de Jódar en Jaén. Aquel año habíamos decidido hacer una jornada festiva de acogida para los alumnos que se incorporaban por primera vez al Instituto; queríamos que no tuvieran miedo a las novatadas y hacerles sentir que venían a un lugar agradable donde eran bien recibidos. La plantilla de profesores estaba casi completa, sólo esperábamos al profesor interino de Filosofía, al que, a falta todavía de un nombre, nos referíamos como Sócrates. Precisamente esa tarde, empezada ya la fiesta, nos sorprendió que alguien que aun no conocíamos  improvisaba juegos divertidos en los que muchos se animaban a participar. Supimos entonces que se trataba del nuevo profesor de Filosofía y que se llamaba Paco Checa. Pronto nos dimos cuenta también de lo importante que iba a ser su presencia para todos y de que dejaría una huella imborrable en todos nosotros.

Descubrimos que era una persona con una gran energía, capaz de llevar adelante con profesionalidad sus clases, su preparación de oposiciones, su tesis, y además, no perderse ninguna de las fiestas que por entonces organizábamos y que con él eran siempre mucho más divertidas. También fuimos descubriendo su interés por la antropología y la calidad de sus investigaciones, a la vez que nos sorprendía y emocionaba con algunas de sus poesías. Podría contaros muchas cosas de aquellos maravillosos años, pero creo que es mucho mejor que sepáis algo más de él y de su obra.

Paco Checa nació en Lanteira Granada, en 1960. Estudió la enseñanza primaria en Cehegín (Murcia) (1972-1975) (CP. Pérez Villanueva) y pasó a cursar el Bachillero en el IB. Melchor de Macanaz, en Hellín (Albacete) (1975-1978). Cursó estudios de Filosofía en la Universidad de Granada (1979-1984), finalizándolos con brillantez. Su Tesina versó sobre Summerhil, la escuela libertaria que A. S. Neill creara allá por 1921, en el sur de Inglaterra. Fue este acercamiento a las nuevas corrientes de la Pedagogía más revolucionaria lo que le sirvió para convertirse en un profesor de bachillerato rompedor con la didáctica más tradicional. Ejerció la docencia en varios institutos andaluces, en las provincias de Almería (Vera, Roquetas de Mar), Jaén (Jódar) y Granada (Almuñécar, Motril, Granada). En 1991 alcanzó su plaza en propiedad, en una oposición pública donde consiguió el número uno. Desde 1996 ejerce la docencia en la Universidad de Almería. Es Titular de Universidad, si bien en 2014 fue acreditado por la ANECA para el cuerpo de Catedráticos de Universidad. Previamente había defendido su Tesis Doctoral (1991) en la Universidad de Granada, un estudio de comunidad sobre la comarca del Marquesado del Zenete, donde su ubica Lanteira, su pueblo natal. La monografía Labradores, pastores y mineros en el Marquesado del Zenete (1890-1960) (1995) es parte de su resultado investigador. Checa es autor y coautor de numerosos trabajos sobre fiestas, rituales, costumbres populares y, muy especialmente, sobre el amplio fenómeno de las migraciones. Paco Checa es, además de profesor e investigador, poeta. Hasta el momento ha publicado cuatro poemarios: Rincones deshabitados (Almería, 2007) Estación azul (Almería, 2008) Los hombres lloramos en círculo (Barcelona, 2009) y El mar que no piso (Almería, 2016). Miembro del colectivo “Poetas del Sur-Almería”, ha participado en diversas antologías poéticas y recitales. En su poesía se muestra desde un lirismo íntimo, lleno de imágenes, hasta la etnopoética, entendida como una combinación de la etnografía con la percepción poética de la realidad, fruto de esa dualidad formativa de su autor.

La lista de publicaciones de Paco Checa es enorme, está  claro que el ser humano le interesa y que se le da bien escribir sobre lo que descubre sobre él, pero según dice, últimamente donde se siente más cómodo es en su faceta de poeta. Acaba de terminar una novela Pellizcos en la barriga (aún inédita), sobre su madre, como un homenaje a todas las mujeres sin historia. He aquí uno de sus poemas, en este caso de Rincones deshabitados, obra en la que vuelve su mirada poética hacia esos rincones de la memoria que parecen ya deshabitados pero que él quisiera llenar de nuevo, descosiendo el tiempo. Ahora os dejos con sus palabras.

LA PRIMERA HUIDA

Te fugaste como una ola
y me humilló la soledad.
Desapareciste en dos zancadas
y me amarraste a la desesperación.
¡Cómo pudiste correr tanto!
¿Dónde te escondes
desde que dejaste en la arena
tus huellas delgadas?
Borracho de aventuras,
desde entonces no sé
esquivar amaneceres.
¡Cómo me dolió
acostumbrarme a no olerte,
a no desesperarme en tu espera,
a no cazar mariposas gigantes,
a no cegarte la boca
con besos asilvestrados.
¡Cuánto me dolió tu huida!
¡Cómo seca la lluvia
los corazones heridos!
¡Cómo duelen
las palabras sin eco!
Ahora, solo, ¡no sabes
cómo toda la tierra
se preña con mi sangre!

Todos lloramos lo que perdemos y hemos amado. Las palabras encadenadas en la poesía son como lágrimas que derraman nuestra pena y tal vez la alivian. Al leerlas, sentimos con el poeta, su dolor, o su alegría, su entusiasmo o su melancolía, que al fin y al cabo son también los nuestros. Paco Checa perdió bruscamente a su hermano mayor, José María (Ía). A él le dedicó todo un río de poemas agrupados bajo el título Los hombres lloramos en círculo.

ÍA, HERMANO

En el destino que provocan las ausencias, la tuya me instala en el abismo más profundo. Nunca llegué a imaginármelo, por más que fuera consciente de que esa posibilidad existe.Por eso, este río de poemas que, obligado, excavo entre rocas y galerías,espero que llegue hasta ti y riegue tus entrañas, ahora instaladas en los recovecos del infinito donde, en gris perla, habitas.No estaba en mis planes de poeta escribirlo… ni sufrirlo. Son versos que salen más del corazón y la garganta que de la cabeza y, con ellos, todos te abrazamos, al tiempo que, contigo, también morimos (en la esperanza de que sólo ha sido un sueño y tú nunca quebraste la línea de la eternidad). Por eso recojo el timbre de cuantos te amamos. Se canta lo que se pierde y yo escribo para no morir -del todo-.

En el siguiente poema, además de su propio dolor, el poeta nos transmite el dolor de los otros, en este caso de sus padres:

El llanto de madre, Ía,
brota del corazón de la tierra
y sus lágrimas son el silencio
de todos los caminos.
Su mirada es la guadaña
de todos los hogares
y sus ojos la cuna
donde yace la tristeza
(epidermis de sus días).
A tropezones camina su pena
en sombras desasidas.

¡Si oyeras cómo llora padre
cuando ríe…!
¡Si vieras cómo chilla madre
cuando calla…!
¡Si supieras cómo miramos
tu ausencia…!
¡Las arrugas de la Luna
nos dejaron madrugadas sin tiempo!

Quiero detenerme ya en su última publicación, El mar que no piso, en la que su mirada poética se entrelaza, con intencionadas imágenes pictóricas o fotográficas y con una prosa  que da noticia biográfica de su relación con el mar.

TRILOGÍA DEL MAR QUE QUISO SER …
VERSO, LLANTO Y SUEÑO

Para escribir sobre el mar
no precisas verlo abierto,
azul, en calma, solitario,
oír sus gritos en una tormenta
o aplastado por el sol atardeciendo:
solo papel y lápiz
y una ola donde apoyarte.

***
Mi madre lloraba al ver el mar,
sin saber por qué ni para qué.
Mirando al horizonte
sus lágrimas se fundían con la brisa,
que rezaba por ella.

***
Soñar por soñar sueño
que llegarás un día,
que no te irás.
Si vuelves siendo
el mar que te regalo
serás el sueño que te trajo.

Os presento ahora otros dos poemas de la misma obra, Todos somos castillos de arena y Calles del agua, precedidos  de  sus  referencias biográficas:

Vi el mar por primera vez cuando apenas tenía seis años y medio. Gracias a las colonias que el régimen organizaba para los niños de la España rural. Veinte días de playa. Allí, en una costa de Granada nos asomaron a la orilla. Todos los que íbamos en aquel autobús vimos las olas como quien estrena un traje nuevo sin merecerlo; todos, por vez primera. Desde entonces el mar, y aquel pueblo, han rememorado mi infancia.

Fue también una liberación de mi hogar, aunque a tan temprana edad que el miedo y el llanto me inundaron durante días, a pesar de que estaba con mi hermano mayor.

Cierto, nunca habíamos visto el mar, pero durante el estío acudíamos a nuestros remedios: los ríos –en sus cilancos- y los zambullidos en las frías aguas de las balsas comunales. Cuerpos envueltos en fango. ¿Sabíamos nadar? Eso pensábamos.

Debo ser sincero. De aquella primera vez no recuerdo ni la arena, ni las olas, ni las rocas de la orilla, ni tampoco pasar un barco a lo lejos, ni siquiera guardo en mi memoria el mar, su color azul o el rojizo de un atardecer. No logro revivir chicas en bañador, bikinis atrevidos o unos pechos como imaginaba tenía mi madre. Aún la televisión -que llegó a Lanteira, mi aldea, a primeros de los años setenta- no nos había metido en la cabeza las imágenes de la Costa del Sol plagada de suecas semidesnudas.

 TODOS SOMOS CASTILLOS DE ARENA

A Ía, mi hermano,
que descosió el viento su arena gris.

Todos somos castillos de arena.
Dentro de aquel niño,
en esa mujer que llega,
en este anciano con navaja
hay torres y troneras.
Somos los castillos robados al porvenir
habitando las almenas conquistadas a la vida.
Castillos sin rejas, vidrios sin ventanas,
sin foso, castillos de hiedras.
Por patrimonio una torre murada
y vereda de piedras por zaguán.
En esa juventud, que todo lo disputa,
la vida se contempla desde una tronera
o en una barbacana nocturna
alcanzando el regocijo de la deslealtad.
Por el Loira viajamos
como quien maneja un auto sin miradas:
un joven, dueño del destino,
todo a su alrededor le pertenece.
Cargado de mochila deshilachada
los recuerdos le quedan
en un tiempo aún por devenir.
Vejez en lontananza, ahora ausente.
Así reza el eslogan del divino tesoro.
Hasta que a ese castillo de arena
una ola traicionera alcanza
y lo devuelve al hueco más profundo de la tierra,
que es la inexistencia.
Entonces no restará nada de aquellos años.
En un suspiro te peinas en el rompeolas,
y tu tren se aproxima a un cambio de agujas.
Ahora, desde una tumbona playera
y gafas en la punta de la nariz,
cualquier atardecer
te trae aquella infancia
y se refleja en ese castillo de arena
que afana a tres obrerillos.
En sepia sonríes por el que hiciste
tu primer día de playa
(que tu padre retrató).
Seis años, seis,
para un castillo de seda que descosió el Viento.
Sin planos ni arquitecto, la ilusión de la vida
concentrada toda en un montículo de arena,
a la hora que más arde.
Embebidos los chiquillos
aporcan arena para las torres:
para defenderlas un foso descomunal.
Se te ocurre aconsejarles
humedecerla para que compacte:
te miran indulgentes… y te ignoran.
Continúan cubo a cubo,
pala a pala forjando sus sueños.
¡Qué sabrá un viejo de castillos de arena!

Ya ves, lector, no soy hombre de mar, pero aquí yace el misterio: algo en mi interior me exige volver a él, requerirlo cuando me alejo por algún tiempo. No alcanzo a explicar las razones. Quizá porque no me atrae como lugar de baño o de descanso veraniego, sino como la magia del horizonte que no tiene un fin conocido, porque sin esquinas me permite soñar, huirme, remitirme al ser frágil y soñador que llevo dentro, y porque sus olas sé que pueden transportarme donde deseo. Por eso lo necesito cerca, más que él a mí.

¿Por qué entonces este libro? Porque en las últimas décadas el mar se ha acostumbrado a mis ojos. Lo he estudiado desde la ventanilla de mi coche a diario y lo he paseado con mis pies descalzos, casi secos. Estaba en mi interior y no lo percibía, pero hoy se ha convertido en un estado de ánimo, un violín con cuerdas desafinadas que toca mil notas diferentes y a veces ha sonado una canción.

Pero también hay un mar de muertos. Lo he sentido desde las tumbas milenarias del Hafa, el mirador más espectacular que tiene el Estrecho de Gibraltar. Esa calle del agua se ha convertido en una metáfora de la inmigración clandestina hacia el Dorado europeo. Un joven africano debe estar muy loco para no soñar con cruzar –a nado si hiciera falta- esos 14 kms: ¡son tan escasos! (¡y tan abismales…!).

El mar como remedio y, en su oleaje, la sepultura de ilusiones y esperanzas: pleno está de cadáveres inocentes.

Es el mismo mar, la misma calle, las mismas aguas que nos dan sustento, relax y disfrute, las mismas espumas que destilan llantos y risas, juegos y muerte, las mismas rocas desde donde alguien se sube para ganarse una fotografía. Un laberinto de gemidos líricos o épicos, un espacio que cambia de color y un infinito próximo, camino de transatlánticos y pateras.

Así quedó solo, mi corazón y el mar, como dijera el poeta. Allá, en la soledad de la propia muerte, el mar no es ni la meta ni el camino, sino el viaje de una a otra orilla, de un puerto a otro, de una sonrisa amable a otra congelada.

En la sensibilidad ribereña, yo: frente a un mar que no piso.

 CALLES DEL AGUA

  Yo nací en la calle del agua
-seca de sal_
pequeña acequia descubierta;
polvo y barro de mi calle
siempre mojada.
En ella jugué mientras tuve años,
sueños y piedras;
aprendí a distinguir
una pelota de trapo de un tejo
el burro de un brinco
la liga de un pañuelo.
En la calle del agua
-de mar seca¬
mientras jugábamos
mi padre salía con las bestias,
las mujeres blanqueaban fachadas,
iban las mozuelas con cántaros
y, de encajes, las novias hacia el altar.
Mi calle nos fijaba la vida
en las horas del reloj de la plaza,
en este pueblo sin tiempo
de puertas siempre abiertas.
Éramos niños sin edad
corriendo entre lo sucio y el hambre;
pantalones cortos, viejos chalecos,
las cabras pasando… nada.
Hacia Chaouen y Tetouan
crucé otra calle del agua.
Salobre y más húmeda,
más profunda, más negra y más amplia,
en azul de miedos,
con olas de verde y plata.
De un lado y otro
las casas lejos, cerradas.
No vi botar un balón
ni a nadie tras las cabras.
¿Y qué es una calle sin niños,
sin voces ni pelotas,
ni bestias ni algaradas?
Nada:
un desierto de pájaros cojos,
una molineta sin lona ni pestañas.
¡Qué bonita es esta calle!
y triste parece.
Nadie juega en una calle vigilada,
maldita en el silencio de quienes pasan.
Es una calle de muerte:
engulle la ilusión de hombres que trabajan,
roba sueños a los niños que jugaban.
Yo quisiera volverlos a mi calle,
a la calle del agua,
para bañarnos en su acequia
y correr tras las muchachas,
para saltar al burro
y blanquear fachadas de esperanza.
Pero no los dejan,
está día y noche custodiada;
y cuando lo intentan
un barco de cristal les roba el reloj de la plaza.

Y termino con una nana marinera que el poeta dedica a su hija Clara Isabel que espero que os guste:

NANA MARINERA
A mi Clarita I.,
para que en un tablao de agua lo baile según arte.

Duérmete mi niña, duerme,
mañana verás el mar,
que yo te llevaré cogida
a una esquila de cristal.
Su madre le canta y canta
bajo sábanas azul mar,
de almohada verdes algas,
el colchón marea de sal.
Que descanse mi niña
sobre la espuma del mar,
que los ángeles traigan
nubes, silencio y paz.
La niña cierra sus ojos
pensando son los remos
por los que navega lejos
en un barquito de hinojos.
La niña ya se ha dormido
sobre un islote de arena,
y un pirata arrepentido
la envuelve en su bandera.
¡Ay!, ya duerme mi niña,
yo le he regalado el mar
y en la playa, con mi mente,
peces papel celofán.
Paco Checa
(De El mar que no piso)

(María de los Ángeles Marín Fernández  y Francisco Checa y Olmos)

 

¡Veciños, veciños, roubaron o Corpo Santo!

Mi paisano Gonzalo Torrente Ballester nació en Ferrol en 1910. Estudió en las universidades de Oviedo y Santiago de Compostela y después de vivir en varias ciudades españolas y un tiempo en Albany en Estados Unidos, como profesor distinguido en esa universidad, se asentó definitivamente en Salamanca donde falleció en 1999.

Fue profesor de universidad y catedrático de instituto y publicó novelas, ensayos, obras de teatro e innumerables artículos en periódicos. Los críticos apuntan a La saga/fuga de J. B. como su mejor novela y después de leerla nada menos que José Saramago escribió: “Hasta ahora había una silla vacía a la derecha de Cervantes que acaba de ser ocupada por Gonzalo Torrente Ballester”.

Si os decidís a leerla , entraréis en el mundo cuasi mágico de Castroforte del Baralla, una ciudad que levita, con dos ríos, en uno de los cuales las lampreas atraen a los suicidas para después devorarlos, en la que pululan un montón de personajes a veces alucinantes del presente y el pasado como los J.B., Don Torcuato del Río y su Homenaje Tubular, los tertulianos de la Tabla Redonda, el centenario loro de Don Perfecto o las damas del Palanganato.

La novela se publicó en 1972 y creo que sería interesante señalar lo que en una primera confrontación con la censura franquista el diligente y anónimo censor dejó escrito:

  “De todos los disparates que el lector que suscribe ha leído en este mundo, éste es el peor. Totalmente imposible de entender, la acción pasa en un pueblo imaginario, Castroforte del Baralla, donde hay lampreas, un cuerpo Santo que apareció en el agua, y una serie de locos que dicen muchos disparates. De cuando en cuando, alguna cosa sexual, casi siempre tan disparatada como el resto, y alguna palabrota para seguir la actual corriente literaria. Este libro no merece ni la denegación ni la aprobación. La denegación no encontraría justificación y la aprobación sería demasiado honor para tanto cretinismo e insensatez. Se propone se aplique el silencio administrativo”.

He, aquí, su comienzo:

¡ Veciños, veciños, roubaron o Corpo Santo!

En la mañana de niebla, casi al alba, las voces estremecen el aire como trompetas. Toca todavía la campana a la primera misa; pero su sonido es tenue, precavido, como para entrar de puntillas en las alcobas oscuras, un sonido al que se da la espalda, que se esquiva o acalla metiendo la cabeza bajo las sábanas. “Pepiño, levántate, que ya son las seis y media”. Un sonido que sería impertinente si no fuera habitual; que sería íntimamente detestado si no actuara de despertador, a esa hora en la que los trabjan tienen que despertarse.

¡Veciños, vecinos, roubaron o Corpo Santo!

Aquella señora enlutada, que se llama la tía Benita dos Carallos por los muchos que mete en la conversación, quizá para garantizar la veracidad de sus afirmaciones, y tiene una tienda de abacería en la calle del Rostro Mugriento; aquella mujer arrugada que, además del luto, muestra las canas del cabello, pega voces allá en lo alto de la escalinata, voces tremendas, voces desgarradas, voces despepitadas, en el mismo momento en que la niebla se esclarece un poquito porque el sol acaba de salir y le presta algo de su luminosidad, en el momento en que la niebla allá abajo, en la Ciudad Nueva, se hace más espesa y gris por la parte del Mendo, más ocre y húmeda por la parte del Baralla: lento el uno, rápido y alborotado el otro; de aguas densas el Mendo, de aguas opacas las del Baralla, trasparentes, ligeras, que se cuentas las guijas relucientes de su lecho. El Mendo es atractivo y siniestro: invita a mirarse en el como en un espejo, y hay que apartarse de prisa, porque en los adentros del que se mira nace en seguida un deseo incoercible de aniquilamiento. El Baralla invita, en cambio a la aventura, a la evasión, al viaje: no descanso sino camino ofrece; no tumba sino vehículo. Los cuatros J. B. de que se guarda memoria, por él marcharon hacia el mar, si bien algunos aseguran que se cayeron al Mendo y fueron devorados por las lampreas.

                                                                                                       Nely Seoane

Muchos años después….

Había sido despreciado por él, pero, aquella mañana, estaba en sus manos. La literatura se ofrecía cada mañana como una obertura al tiempo de estudio. Despuntaba la luz de la mañana abriéndose paso en el claroscuro con el que había amanecido el día. La lluvia, caída durante la madrugada, había suspendido el trabajo en el campo y ahora, en aquella mañana, el día se ofrecía como una jornada de estudio.

                El libro había sido despreciado porque era muy conocido y el lector, en aquella época, recelaba de los libros populares. Y este, concretamente, no desaparecía de los lugares más visibles de las librerías ni de las conversaciones de los más aplicados compañeros. Sus personajes, su principio y su final, y algunos de sus pasajes se contaban entre los más conocidos de los libros de literatura que aquel entonces se leían. Fue, lo supo después de esa mañana, una torpeza casi imperdonable el haber postergado durante tanto meses la lectura de ese libro que ahora, abierto por su primera página, se disponía a dar un momento de placer antes de entrar en la dura disciplina de la preparación de los exámenes de febrero. También fue una torpeza –esto lo supo años más tarde– el entender que el tiempo de la lectura es un tiempo de placer que ayuda con la carga y el peso de los días. Pero dejemos ahora estas cuestiones y atendamos a las primeras líneas con las que se topó este lector aquella mañana:

    “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.

                Eran las primeras líneas de Cien años de soledad, la novela más importante de Gabriel García Márquez y, posiblemente, una de las más importantes de nuestra literatura contemporánea. Su comienzo era magistral: el recuerdo concreto e inusual de Aureliano Buendía, su situación ante el pelotón de fusilamiento y, sobre todo, esa descripción del lugar maravilloso de Macondo que se hundía en un tiempo mitológico en el que las cosas esperaban su nombre. El lector, aquel lector, no pudo contenerse en los límites del comienzo y, tras la lectura de estas palabras, prosiguió un poco más hasta completar la lectura una página. Pero tampoco pudo contenerse en ese límite artificial de las páginas y de los capítulos que separan las historias. Cada página del libro, abría una nueva y esta se presentaba como una oportunidad para el disfrute de la lectura. El lector olvidó, hay que decirlo, que lo era y durante aquella mañana se quedó completamente encerrado en las páginas de Cien años de soledad: el libro perdió sus contornos, las páginas perdieron su numeración, los párrafos su distancia y los puntos y a parte su separación. Y es que leer, de alguna manera, es olvidarse de que se está leyendo. La experiencia de la lectura es una negación en la fijación de las letras y del texto y una definitiva toma de posesión del lector por parte de la historia.

                Llegó la hora de comer y, por momentos, al tener que salir de la historia al tener que bajar por las escaleras a la cocina, quedaron dormidos los personajes entre las páginas de la novela. Pero sin descanso ni tregua volvió con urgencia para despertarlos con el ademán de pasar en la lectura por las páginas no leídas. Llegó la tarde y llegó la noche, y la lluvia seguía sembrando de notas la narración. Al filo de la media noche, cuando ya todo había quedado en silencio, el lector se dio cuenta de que había confundido su día con los cien años de soledad  de la novela. Y, de este modo, terminó su jornada al mismo tiempo que leía las últimas palabras de Cien años de soledad:

    “Sin embargo, antes de llegar al verso final, ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o  espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres, en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para  siempre, porque las estirpes condenados a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”.

                Poco después, aquel lector contó  a quien esto escribe lo sucedido en aquel día de invierno. Y ahora, muchos años después, lo he recordado frente al desafío que para la escritura reclama siempre una página en blanco. Ha querido ser la primera página pero también una de tantas que dará a conocer nuestra experiencia con la lectura. A partir de esta entrada con la que iniciamos nuestro blog quedan convocados todos cuantos quieran presentarnos alguna de las novelas o de las narraciones que quedaron marcadas en su vida. Para ello bastará hacer una brevísima presentación de los datos de la narración, contar brevemente  la experiencia aneja a su lectura y escribir a continuación su comienzo y/o final o, en su caso, algún pasaje que el lector quisiera compartir con nosotros.

                Desde el área sociolingüística del IES La Madraza invitamos a los lectores para que se unan también a esta iniciativa de ser autores en esta bitácora. Pueden mandar sus propuestas a la siguiente dirección de correo: lenguaysocialeslamadraza@yahoo.com. Esperamos vuestras propuestas, esperamos vuestras lecturas.                                                                                                                   Agustín Palomar